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No es sólo amor al arte, democraticemos la cultura

Columna: Gabriel Boric Font | LaVozDeLosQueSobran

Democratizar el acceso a la cultura requiere fomentar el desarrollo cultural local y para eso se debe fortalecer el sistema de financiamiento para bibliotecas, centros culturales y espacios comunitarios. Se debe dejar atrás el predominio de los concursos y la asignación anual de recursos, que dificultan la planificación y la mirada de mediano plazo en las instituciones, y profundizan la precariedad de las y los trabajadores culturales.


En el contexto del día del libro y del derecho de autor, debemos reflexionar en torno a las condiciones que necesitamos para una radical democratización del acceso a la cultura, que requiere, al menos, revisar la institucionalidad fiscal del sector y garantizar condiciones laborales para que las y los trabajadores culturales –sin importar si son independientes o forman parte de instituciones públicas o privadas– salgan de la precariedad y la invisibilización.

Respecto de la institucionalidad fiscal, debemos considerar el presupuesto nacional asignado a la actividad cultural y las políticas tributarias que hay detrás. El presupuesto para implementar el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, ha estado muy por debajo de lo comprometido cuando se creó. Esto impide ejecutar correctamente sus políticas, como ocurre en la implementación de la Política Nacional de la Lectura y el Libro. En lo tributario, sigue pendiente revisar la actual ley de donaciones, que permita mayor diversidad de proyectos beneficiados y desarrollar campañas promocionales para aumentar su uso, así como eliminar el cobro de IVA a los libros, que hoy es una de las barreras de acceso a la lectura y el conocimiento.

Democratizar el acceso a la cultura requiere fomentar el desarrollo cultural local y para eso se debe fortalecer el sistema de financiamiento para bibliotecas, centros culturales y espacios comunitarios. Se debe dejar atrás el predominio de los concursos y la asignación anual de recursos, que dificultan la planificación y la mirada de mediano plazo en las instituciones, y profundizan la precariedad de las y los trabajadores culturales. Este proceso debe descentralizar la gestión de recursos y proyectos, para que refleje las realidades locales, y debe ir en paralelo con un aumento gradual del presupuesto en cultura, y así llegar a los estándares OCDE en esta materia. Asimismo, necesitamos dar un impulso institucional a las editoriales independientes. Hoy son las empresas trasnacionales las que más lucran con la producción cultural, mientras las editoriales nacionales con un reconocido rol social permanecen invisibilizadas y en la precariedad por la hegemonía de las grandes empresas.

Todo esto se ha vuelto más urgente por los problemas surgidos durante la pandemia: la falta de subsidios directos para el sector independiente, ha impedido a las corporaciones y mipymes del mundo cultural acceder a créditos o fondos que les permitan sostener sus actividades, o al menos, adecuarlas al actual contexto sanitario, con todas las restricciones que ha significado para el mundo de la cultura.

Hoy es urgente velar porque las y los trabajadores culturales tengan estabilidad, proyección y condiciones laborales adecuadas. Chile debe reconocer el estudio, la creación, la mediación y la producción artística, como parte de la remuneración del trabajador y la trabajadora cultural, e incorporarlos en los planes de activación económica, subsidio y fomento específicos al arte y la cultura en lo inmediato, para avanzar hacia garantías concretas de seguridad social y laboral.

Por último, en este día del libro seguimos con una deuda pendiente: hace diez años, se hizo el último estudio sobre comportamiento lector, en que las chilenas y chilenos afirmaban destinar apenas un 6% de su tiempo libre a la lectura, y 84% señalaba no comprender adecuadamente lo que leía. El panorama del uso del tiempo libre ha cambiado radicalmente: hoy vivimos la sobreestimulación de las redes sociales, y la precarización laboral consume nuestros tiempos de ocio. Sin embargo, hay nuevas posibilidades para estimular la lectura, en soportes que van más allá de los libros, pero nuestra institucionalidad no nos permite aprovecharlos. Esto es sintomático no sólo de este sector, sino que en general del mundo de las culturas y las artes en Chile. Debemos desplegar nuestros esfuerzos para que las nuevas generaciones se integren a la lectura y puedan crecer en un país en el que el acceso a la cultura y las artes estén garantizados de forma democrática; mientras seguimos luchando por vincular verdaderamente educación, cultura y formación democrática.

La cultura no debe entenderse como un producto más inmerso en la lógica mercantil del cual el neoliberalismo se apropia, sino como un proceso permanente de creación que va moldeando día a día el espíritu del pueblo. Es, por lo tanto, ese proceso creativo, con toda su complejidad y diversidad, el que debe ser protegido y fomentado. En esto el Estado chileno está en deuda y este gobierno en particular ha sido sumamente negligente y displicente con los trabajadores y trabajadoras de la cultura. En el futuro gobierno de las fuerzas de cambio, la cultura será una prioridad.